Glosario gafas.es - Adaptación de la visión

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Adaptación de la visión a la luminosidad


La iluminación en nuestro entorno varía enormemente. Nuestros ojos tienen que adaptarse continuamente a esta variación, para no quedar deslumbrados en situaciones de intensa luz, y ver lo mejor posible en condiciones de escasa iluminación. Esta capacidad de adaptación de nuestros ojos se denomina adaptación.

Nuestros ojos y nuestra capacidad de ver constituyen un sistema sumamente complejo. Su adaptación a diferentes situaciones de luminosidad se realiza mediante varios mecanismos, que se desarrollan de forma simultánea. Los dos principales son nuestra capacidad de variar el diámetro de las pupilas por medio de la modificación de las iris, y la adaptación de la sensibilidad de la retina.

La primera de ellas, que se expresa en el reflejo de las pupilas, se basa en el ensanchamiento y estrechamiento de las iris en función de la intensidad de la iluminación. En condiciones de mucha luz las iris se ensanchan, reduciendo la apertura de las pupilas hasta unos 2mm, y en condiciones de escasa luz las iris reducen su anchura, permitiendo que la máxima cantidad de luz pueda atravesar las pupilas, que se pueden agrandar hasta un diámetro de unos 10mm. Estas variaciones de la forma de la iris se realizan mediante dos músculos.

La adaptación de la sensibilidad de la retina está relacionada con la existencia de dos tipos de neuronas sensoriales en el ojo, los conos y los bastones. Los primeros permiten la percepción de los colores y una mayor resolución en condiciones de luz intensa y media, y los segundos permiten específicamente una visión en condiciones de escasa iluminación, aunque por su menor densidad esta visión nocturan resulta menos nítida, es decir, que tiene una menor resolución. Por ello, en condiciones de escasa luz tenemos dificultad para distinguir los colores, mientras que todavía somos capaces de distinguir los contornos de los objetos que tenemos a la vista.

Este cambio de la percepción visual de los conos a los bastones contribuye de forma importante a la elevada capacidad de adaptación a distintos niveles de luminosidad de nuestros ojos. No obstante, la adaptación perfecta sobre todo a condiciones de muy escasa luz requiere algún tiempo. Todos conocemos la situación de aparente ceguera cuando entramos del ambiente soleado exterior a un espacio interior relativamente oscuro. Para apreciar bien toda la riqueza del firmamento nocturno incluso un cuarto de hora puede ser escaso. Curiosamente nuestra visión nocturna resulta mejor en una franja un poco fuera de la dirección en la que miramos, que en el mismo centro de nuestra mirada. Este fenómeno muy conocido por los astrónomos está relacionada con la distribución de conos y bastones en la retina, ya que en la parte de la retina que se corresponde con el centro de nuestra visión hay una gran densidad de conos y muy escasos bastones, mientras que en la franja alrededor la concentración de bastones resulta muy superior.

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